Monday, June 12, 2006

 

Fuerzas cosmopolíticas del deporte, agón e integración

LA FIFA Y LA ONU
El fútbol les gana el partido a los derechos humanos, a la mortalidad infantil, al analfabetismo, al desarrollo del hombre, a la lucha contra el Sida y al libre comercio sin subvenciones, sin barreras arancelarias y sin tarifas.

Kofi Annan SECRETARIO GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS
En las Naciones Unidas, la Copa del Mundo de Alemania nos provoca envidia. Máxima expresión del único juego auténticamente mundial, practicado en todos los países por todas las razas y religiones, el fútbol y la Copa del Mundo, son de los pocos fenómenos tan universales como las Naciones Unidas. Podríamos decir que lo es incluso más: la FIFA tiene 207 miembros, nosotros sólo tenemos 191.Pero nuestra envidia se debe a algunas razones de mayor peso. En primer lugar, la Copa del Mundo es un juego en el que todos conocen la formación de su selección y la campaña que ha realizado para llegar a Alemania. Todos saben quiénes son los goleadores, cómo fueron los goles y en qué minuto se obtuvieron; todos saben quién falló un gol cantado; todos saben quién atajó el tiro penal. Ojalá en la familia de naciones tuviéramos esa misma rivalidad. Países que luchan abiertamente por ocupar los primeros puestos del ranking de respeto de los derechos humanos y que tratan de superarse unos a otros en las tasas de supervivencia infantil o de matriculación en la enseñanza superior. En segundo lugar, la Copa del Mundo es algo de lo que a todas las personas les gusta hablar. Analizar hasta el más mínimo detalle lo que su equipo o el rival hicieron bien o mal. Personas sentadas en los cafés de todo el mundo, desde Buenos Aires hasta Beijing, discuten apasionadamente las mejores jugadas de cada partido, revelando un profundo conocimiento no sólo de su selección nacional sino también de las otras que competirán en Alemania. Ojalá en el mundo en general pudiéramos mantener más conversaciones de ese tipo, con los ciudadanos agobiados para ver cómo sus países podrían ascender en el índice de desarrollo humano o reducir el número de emisiones de carbono o de infecciones por el VIH.En tercer lugar, en la Copa del Mundo, todos los equipos participan en igualdad de condiciones. El fútbol es un juego en el que sólo importan dos cosas: el talento y el trabajo en equipo. Ojalá tuviéramos esa misma igualdad en la arena mundial. Un comercio libre y justo sin la interferencia de subvenciones, barreras arancelarias o tarifas. Cada país con las mismas oportunidades de desplegar su poderío en la escena mundial.En cuarto lugar, la Copa del Mundo es un acontecimiento que demuestra los beneficios la interacción entre pueblos y países. Son cada vez más numerosas las selecciones nacionales con entrenadores extranjeros, que aportan una nueva forma de pensar y de jugar. Lo mismo cabe decir del creciente número de jugadores que juegan en equipos de otros países, inyectando nuevas calidades, adquiriendo experiencia y aportando sus conocimientos enriquecedores a su país cuando regresan. Muchos se han convertido en héroes en sus países de adopción y contribuyen a abrir los corazones y a ensanchar las mentes. Ojalá fuera igualmente sencillo comprobar que en las migraciones humanas en general siempre hay tres vencedores: los migrantes, sus países de origen y las sociedades que los acogen. Que los migrantes no sólo construyen una vida mejor para ellos y sus familias, sino que también son agentes del desarrollo —económico, social y cultural— en los países adonde van y trabajan, y en su patria a la que inspiran con sus nuevas ideas y conocimientos cuando vuelven. Para cualquier país, participar en la Copa del Mundo es un profundo orgullo nacional. Para aquellos que lo hacen por primera vez, como mi país nativo Ghana, es un símbolo de honor. Para los que lo hacen después de años de adversidades, como Angola, es una renovación nacional. Y para los que están inmersos en un conflicto, como Costa de Marfil —cuya selección nacional es un símbolo poderoso y único de unidad nacional— es la esperanza de un renacer nacional. Todo ello me conduce a lo que quizá es más envidiable para nosotros en las Naciones Unidas: la Copa del Mundo es un acontecimiento en el que vemos como se marcan realmente los goles. No me refiero solamente a los goles marcados por cada país, sino también al goal (=meta, objetivo) más importante de todos: estar allí en Alemania, formando parte de la familia de naciones y pueblos que celebran su humanidad común. Trataré de recordar esto cuando Ghana juegue contra Italia, en Hannover, el 12 de junio. Por supuesto, no puedo prometer que lo consiga.

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